Por Iván Zgaib

1.
Francisco Vázquez Murillo vuelve de su caminata contento. Entra a la casa de la residencia completamente mojado, porque afuera llueve sin parar desde hace varias horas. Le dice al resto de sus compañeros: “estoy feliz”, y se cuelga de las vigas del techo. Queda suspendido en el aire y parece un hombre de 36 años que se mueve con la libertad de un niño. El resto de los artistas seleccionados por Nido Errante, el proyecto que organiza la residencia en el Chaltén, lo escucha. Como cada noche, la casa se convierte en un espacio donde los participantes comparten los recorridos que hicieron durante el día; ahí se discuten las nuevas búsquedas y hallazgos que marcan sus proyectos de trabajo. Y Francisco acaba de volver de una excursión por senderos escarchados en agua. Ahora son cerca de las ocho de la noche y el pueblo está sumergido en unas nubes espesas que llegaron a tocar el suelo. El Chaltén se ve como una fantasía posapocalíptica.
“Sentía que estaba en Japón”, dice Francisco. Su voz suena profunda, como si saliera de una caverna oculta, mientras reflexiona acerca del objeto de su proyecto: los senderos de la naturaleza. “¿Cómo es posible entender el sendero o el paisaje?”, se pregunta en voz alta, “Cuando decía que parece japonés: ¿Por qué parece japonés? Es por las nubes, por los detalles, por las hojitas de los árboles, por las pequeñas rocas que parecen situadas como si fuese un jardín zen. Pero hay otros detalles que son propios de una fantasía cinematográfica, que yo creo que es uno de los grandes cúmulos de cómo vemos el mundo. El mago de Oz, Laberinto, son imágenes que se pregnaron mucho cuando éramos chicos y que aparecen cuando ves un paisaje”.

2.
Mientras Francisco y otros integrantes de la residencia caminan por el Chaltén nublado, algunos nos refugiamos en la casa viendo películas. En El Ornitólogo, el film portugués que proyectamos, la representación de la naturaleza aparece como una búsqueda constante: el director oscila entre el punto de vista de un hombre que observa las aves y el de las aves que miran desde arriba a este ornitólogo. Los planos subjetivos de los animales sugieren, en algún punto, que la naturaleza posee una perspectiva propia, una mirada que contempla a los seres humanos, tanto como estos contemplan el paisaje. “Yo me preguntaba, mientras estaba en el bosque, cómo los árboles me estaban mirando”, dice Francisco, en consonancia con el registro del film que vimos durante la tarde. Es que su proyecto en la residencia pone a la naturaleza en un lugar privilegiado, como un territorio que va más allá de lo humano.
En medio de esta búsqueda, Francisco canaliza sus preguntas a través de distintos soportes, aunque principalmente trabaja sobre el video. El registro del movimiento se convierte, para él, en el modo privilegiado para acercarse al diálogo entre la naturaleza y los humanos. “Yo venía a buscar en el sendero un espacio en sí mismo, donde yo podía hacer un plano fijo, medir un cuerpo en ese plano y a su vez interactuar con esos elementos de la naturaleza: árboles, piedras, el camino”, comenta. Y esta tarde, rodeado por la niebla que inundó el pueblo, se convirtió en una experiencia privilegiada para desentrañar las fantasías sobre la naturaleza.