Por Ivan Zgaib

1.
Cuando dejamos la casa, Francisco me advierte que voy a arrepentirme del pucho que estoy fumando. De repente me doy cuenta de lo ridículo que me veo para estar a punto de subir 10 kilómetros en la montaña: cigarrillo en mano, jean negro medio apretado, zapatillas que gritan que soy un bicho urbano. En el camino, las personas que se animan al sendero parecen estar mucho más preparadas. Llevan calzado con membranas respirables o cuero. Las camperas son impermeables y con varias capas, aunque sólo las justas para que permitan la movilidad necesaria. Los bastones de trekking son un accesorio más que casi ninguno de estos caminantes se da el lujo de dejar en sus casas. Parecen hombres del espacio que se lanzan a explorar un planeta desconocido.
Julia Sbriller, una de las participantes de la residencia, no puede quitar su mirada de los personajes que encuentra en los senderos de la montaña. Ella es flaca y pequeña, pero encabeza nuestra caminata con la soltura y la decisión que el resto no tenemos. Sigue el trayecto a paso constante y sólo se detiene cuando encuentra un caminante que le llama la atención para hacer los retratos del proyecto que desarrolla en la residencia.
Desde que llegó al Chaltén, la obra de Julia pasó del papel al contexto real de este pueblo, experimentando una transformación que aún continúa. Ella comenzó a preguntarse por los cambios (quizás imperceptibles) que marcan a una persona cuando atraviesa un sendero: ¿es posible registrar un antes y un después de la montaña a través de la fotografía, del video, de las palabras? Antes de llegar a la residencia había armado un modelo que guiaría su trabajo, pero lo abandonó después del primer día. “Ahora me estoy sintiendo muy atraída por los personajes que habitan los caminos”, me cuenta ella, “Hoy pensaba en el disfraz y en las capas que nos vamos poniendo encima para identificarnos y hay algo de la montaña que desnuda eso, por más que intentemos disfrazarlo”. Cada vez que pasa alguien por al lado nuestro, Julia agarra su cámara fascinada: “Amo los trajes de gore-tex, los accesorios, la cantidad de cosas ridículas que nos ponemos para salir a caminar”.

2.
Nuestro destino final es una laguna esmeralda rodeada por una montaña bañada en nieve. El último tramo del viaje es cuestas arriba, en un sendero que casi no está restaurado. Lo que queda adelante son rocas gigantes que se superponen sobre la tierra, y con cada paso yo siento que el corazón me sube por la garganta y sacude mi cuerpo. Mientras me detengo a tomar aire no puedo dejar de pensar en el proyecto de Julia: ella me dice que hay algo del ritmo corporal que resulta clave en la actividad de los caminantes. Hay algo que le sucede al cuerpo que se convierte en su guía de aproximación estética; es la pregunta por la posibilidad de expresar artísticamente esa experiencia. “El caminar y la respiración son rítmicas”, dice Julia, “hay momentos que estás escuchando mucho tu corazón, tu respiración, tus pasos. Es como un compás musical. Me pasó de preguntarle a mucha gente si estaban cantando algo mientras caminaban y no eran conscientes de eso hasta que se los preguntaba”
Por el momento, el proyecto de Julia se encuentra en etapa de investigación. Parte de su trabajo, mientras subimos la montaña, es detenerse y conversar con algunos caminantes. Les pregunta acerca de la música que hacen en el sendero. Cuando regresamos a la casa ella descarga ese material en su computadora, y ahí va acumulando los registros que construyen su búsqueda: hay un australiano que canta Elvis Presley, una pareja que recuerda una canción de La Renga y mexicanos que hacen un poco de cumbia. Cada uno de ellos conforma la sinfonía musical que Julia intenta reconstruir mientras observa los senderos. Al volver a la casa, nuestro recorrido del día se termina. Nos miramos exhaustos: el ritmo de nuestros cuerpos probablemente esté en sintonía.